Mantenernos en el Espíritu para poder ser transformados. Cuando hemos llegado al Señor es porque hemos sido transformados para el día del Señor. Pensamos que vamos a una Iglesia porque tenemos una serie de problemas, pero éstos los tiene todo el mundo. Cuando llegamos al Señor nuestros cuerpos no eran idóneos porque éramos pecadores, pero nos convertimos en idóneos cuando recibimos al Señor como salvador para acercarnos a Él. Debemos ser las personas perfectas e indicadas para Dios. Cuando llegamos al Señor la carne no nos puede dominar porque entonces perecemos. A veces decimos que hemos conocido, pero en realidad no lo hemos hecho. Nuestra lucha es cada día en contra de la carne para que ésta no nos venza y no ser esclavos de ella. Por tal razón debemos vivir en el Espíritu. Nos gusta ser espirituales, pero tenemos que entender que para ser trasformados tenemos que vivir en el Espíritu. Después de ser trasformados tenemos que estar dispuestos a morir a la carne. Si decimos vivir en la carne las cosas no van a ser buenas. Dios comienza a trabajar en nosotros para que seamos idóneos y permanezcamos en Él.
Dios tiene ejércitos completos. Hay muchas cosas que están en nuestras vidas y no quieren decir que seamos carnales. La carne es lo que nos saca de todo lo que es divino y entonces no entendemos lo que está pasando a nuestro alrededor y no podemos luchar. Lo mejor es vivir en el Espíritu para poder ver lo que se mueve a nuestro alrededor. El que no decide vivir en el Espíritu y vive en la carne no va a saber lo que se está moviendo a su alrededor. Vivir en la carne es darle lugar y ventaja al diablo y eso es lo menos que puede hacer el hombre y la mujer espiritual; no puede estar con los brazos cruzados. Cuando se le da lugar a la carne es bien peligroso porque cuando se abren los ojos ya se ha dado un paso tan grande a la carne que hablamos, pensamos y actuamos como los del mundo y nosotros estamos aquí prestados, pero no somos iguales al mundo.
Cuando se dejan de sentir los ríos de agua viva, las lágrimas, el deseo de ir a su casa es porque ya llegó la tibieza y ya se manifestó todo lo que es carne. Este cuerpo es para llegar al cielo, pero tiene que ser transformado porque el cielo Dios no lo hizo para carnales. Entrar al proceso de la transformación será el día en que Jesús venga a levantar el cuerpo. Si nuestra carne no es transformada no es idónea para Dios. Idónea es aquella persona adecuada, que está dispuesta para lo mejor. Si queremos irnos con el Señor y encontrar la eternidad tenemos que ser transformados en el momento en que Cristo venga. Hemos sido escogidos para ir al cielo entonces tenemos que entender que la carne no puede ser manifiesta sino quebrantada. El vivir en la carne es de flojos. El hombre y la mujer que Dios escoge tienen que tener una actitud para lo espiritual y no para la carne. Pero por naturaleza le es más fácil y cómodo al hombre vivir en la carne. Por la única razón que las personas se apartan es porque quieren un espacio para pecar. El vivir y ser llamado por Dios no es cuestión de juego. Por lo mismo que Dios condenaba antes nos condena a nosotros..
Este cuerpo se corrompe, se destruye, un día deja de ser, se enferma, cae en mucho decaimiento, se descompone entonces ¿por qué hemos de vivir para él? Este no nos lleva a ningún lado. Un día se tendrá que enterrar. Un cuerpo corruptible tiene que ser transformado para la eternidad. En estos tiempos no podemos vivir en la carne ni aferrarnos a ella. Cuan peligroso es desconocer lo que dice la Palabra. Nosotros vamos detrás de lo que es incorruptible y allí está Dios, el perfecto. En lo corruptible de aquí no vamos a ser felices. Este cuerpo corruptible no puede heredar lo incorruptible, no pude ser carnal para alcanzar lo incorruptible. Para ser transformados tenemos que vivir en el Espíritu y no en la carne. Vivir en la carne es ver que Jesús venga y ponga sus pies, se abra la tierra y no vamos a disfrutar el que la Iglesia descienda juntamente con Jesús.
I Pedro 1:24 Este cuerpo perece como para darle tanto culto en vez de darle culto a Dios santificándonos cada día. Nuestra carne es como la hierba no se le puede dar culto. Isaías 40:6,7 Somos como hierba. Sobre nuestra carne sopla Jehová para que abramos los ojos. Cuando Jehová sopla sobre nuestras vidas se nos va toda la gloria que podemos tener. La vida humana es tan permanente como lo es la hierba y entonces por qué vivimos tanto para esta vida. La hermosura física es tan efímera como la flor del campo. Isaías lo deja ver claro que la vida es pasajera y que somos como la hierba como para vivir, para dedicarnos a ella. El cuerpo corruptible se seca. Lo que son nuestra riqueza, gloria, triunfos si no vivimos en el Espíritu no vamos a entender que somos como la hierba que se marchita, todo tiene un fin en esta vida. Todo lo que nos aleja de Dios es a lo que le dedicamos tanto tiempo. Todo lo que es nuestra gloria un día deja de ser. Vivamos mejor en lo que es nuestra realidad. Si queremos subir al cielo tenemos que vivir la vida en el Espíritu.
I Juan 2:15,16 Los deseos del mundo, lo que nunca quebrantamos, lo que se dejó y se mantuvo en secreto no nos deja prosperar y cuando Jehová sople sobre nuestras vidas viene lo horrible porque no se ha amado al Padre sino al mundo. Tenemos que ver que el mundo es, adulterio, inmundicia, contienda, envidia, borracheras, etc. El amor que se le puede dar al mundo nos deja ver que no se ama al Padre. El mundo es para destruir, para la burla luego. Todo lo que el mundo tiene para ofrecernos es un gran problema si lo aceptamos.
Génesis 3:6 Todo lo que hay en el mundo los deseos de la carne y la vanagloria, la soberbia, el orgullo, la arrogancia no viene de Dios. Todo lo que el mundo tiene para ofrecernos son los deseos malvados de la carne. Aquel árbol a Eva le era bueno para comer, agradable a los ojos, y para adquirir sabiduría. Los ojos siempre están viendo conforme a lo que se come. Nuestro cuerpo de la única forma que llega a Dios es siendo transformados. La soberbia, el orgullo la vanagloria son un árbol codiciable para comer y si lo hacemos estamos alimentando nuestra carne. Cuando no decidimos darle a Dios nuestra concupiscencia, eso que comemos lo damos a los nuestros y se convierte en maldición. Dios no quiere que comamos lo que no tenemos que comer, aquello que es agradable a nuestros ojos. El árbol que vemos que es codiciable a nuestros ojos nos trae maldición, por lo tanto no comamos de este fruto. El mundo, los apetitos de la carne no vienen del Padre sino que su origen es del mundo y aquellos que aprendimos del mundo lo tenemos que sacrificar. La mundanalidad es el amor a las cosas pasajeras. El mundo se opone a Cristo y la carne al Espíritu. El diablo nos quiere destruir. Por eso, no viviré para mi carne, sino para el Espíritu y veré al Señor aquel día. Amén.
Iglesia Cristiana Mega Zoe · Pastora Edith Cruz
