Santiago 4:1-10
El hombre sabio es el que ama la paz ("Santiago 3:18 Y el fruto de justicia se siembra en paz para aquellos que hacen la paz."). Cuando Santiago escribe supongo que recuerda las trágicas peleas, riñas que tantas veces se dan dentro del pueblo de Dios (Santiago 4:1,2). ¿Cuál es la causa de esto? ¿Por qué hay tantos hogares infelices y tantas iglesias desgarradas por divisiones? ¿Por qué hay tantos conflictos amargos entre líderes cristianos? La gran razón es que estamos ¡sin cesar anhelando alcanzar placeres y posesiones para superar a los demás! Lo triste es que por eso abundan las guerras y pleitos entre compañeros. Brotan las intensas pasiones dentro de nosotros buscando quedar satisfechos. Hay muchos esfuerzos, mucho empuje en busca del prestigio. Nunca estamos conformes; siempre se quiere más. Sin embargo, parece que estamos constantemente frustrados por no conseguir lo que queremos. El incumplido anhelo de llegar a hacerse tan poderoso hace que se pisotee a aquellos que parecen estorbar nuestro avance. Dice Santiago: "…matáis y ardéis de envidia...". Dice 1 Juan 3:15 "…Todo aquel que aborrece a su hermano es homicida." No se mata literalmente, pero la ira, los celos y la crueldad que generamos son homicidios en ciernes (en sus inicios). Ardéis de envidia y no podéis alcanzar. Queremos tener más y mejores cosas que otros. Y en ello nos encontramos peleando y devorándonos los unos a los otros.
Pongamos un ejemplo. Juan y Juana acaban de casarse. Juan tiene un buen trabajo con un salario suficiente. Pero Juana quiere una casa tan buena como las otras parejas jóvenes de la Iglesia. Y Juan quiere un auto del último modelo. Juana también quiere muebles finos y buenos enseres del hogar. Logran tener estas cosas a crédito, a plazos. Pero, el salario de Juan apenas le es suficiente y tiene que soportar la tensión. Entonces, les nace un bebé; y esto significa otros gastos que se suman a un presupuesto desequilibrado. Al ir aumentando las demandas de Juana, Juan se vuelve gruñón e irritable. Juana reacciona con peleas y lágrimas. Pronto las paredes de la casa están vibrando con el fuego cruzado. ¡El materialismo está destruyendo el hogar! Puede que Juana sienta envidia de Roberto y Susana quienes tienen un puesto más destacado en la Iglesia que ella y Juan. Entonces, pronto le lanza ataques sarcásticos a Susana. Al irse aumentando la hostilidad entre ellas, Juan y Roberto se ven envueltos en el conflicto. Luego los otros cristianos toman partido y la congregación queda dividida debido a la codicia de una persona por un puesto destacado. Aquí tenemos, pues, un ejemplo de la fuente de altercados y peleas entre creyentes. Procede de desear más y más y de envidiar lo de otros. "No querer ser menos que el vecino"; es una manera educada de llamarlo; pero la manera precisa de llamarlo es ¡codicia y envidia! El deseo llega a hacerse tan poderoso que la gente hará casi lo que sea para dar satisfacción a sus codicias. Tardan en aprender que el verdadero placer no se encuentra de esa manera sino en el contentamiento con el alimento y abrigo (I Timoteo 6:8).
No pelees, no discutas; ¡ora! "No tenéis lo que deseáis porque no pedís." En lugar de llevar esas cosas al Señor en oración intentamos conseguir lo que queremos mediante nuestros propios esfuerzos. Si queremos algo que no tenemos deberíamos pedírselo al Señor. Si lo pedimos y la oración no recibe respuesta; ¿qué entonces? Significa sencillamente que nuestros motivos no son puros. Tengamos claro que nosotros no somos por lo mucho o poco que poseamos. Se busca tener mucho pero no para Su gloria ni para bien de nuestros semejantes. Buscamos para nuestro goce egoísta, para satisfacer nuestros apetitos naturales (Vs.3 "…pedís…para gastar en vuestros deleites."). Dios no nos ha prometido dar respuesta a este tipo de oraciones. Si fuéramos conformes y nos contentáramos con lo que Dios nos ha dado, ¡cuántos dolores evitaríamos! El amor desordenado por las cosas materiales es como el adulterio; ¡así lo ve Santiago (Vs.4 "¡Oh almas adúlteras!")! Cuánto más ames lo efímero, más le serás infiel. La codicia es una forma de idolatría. Deseamos intensamente lo que Dios no quiere que tengamos. Hemos levantado ídolos en nuestros corazones. Valoramos las cosas materiales por encima de la voluntad de Dios y eso es enemistad contra Dios, eso es el espíritu mundano (Vs.4 "¿No sabéis que la amistad del mundo es enemistad contra Dios?"). El mundo es el sistema que el hombre ha edificado para sí mismo en su esfuerzo por dar satisfacción a la concupiscencia de los ojos, a la concupiscencia de la carne y a la soberbia de la vida (I Juan 2:16).
El Espíritu Santo, a quien Dios hizo morar en nosotros, no origina la codicia ni los celos que provocan las luchas; mas bien nos anhela con celo para que nos consagremos enteramente a Cristo (Vs.5 "¿O pensáis que la Escritura dice en vano: El Espíritu que Él ha hecho morar en nosotros nos anhela celosamente?"). Dice en el Vs.6 "…Dios da gracia a los humildes." ¡Cuán maligna puede ser la vieja naturaleza! No podemos nosotros mismos hacer frente a las codicias de la carne con nuestras fuerzas. Gracias a Dios Él da mayor gracia o fuerzas, siempre que sea necesario, lo hace a los humildes. Dios resiste a los soberbios (orgullo, por encima de los demás) pero el Señor recibe a quien viene con un espíritu quebrantado (Vs.6). Lo que debemos hacer es someternos a Dios, sujetarnos a Él, estar siempre listos para escucharlo y obedecerle (Vs.7). Tiernos, no orgullosos ni duros de cerviz. Hay que resistir al diablo cerrando los oídos y corazones a sus sugerencias y tentaciones. Si le resistimos huirá de nosotros. Debemos acercarnos a Dios (Vs.8). De la forma más segura es con oración. Vamos a ver que entonces Él se acercará a nosotros. Nos acercamos y Él nos perdona tanta necedad. Limpien las manos los de doble ánimo y purifiquen sus corazones. Las manos hablan de nuestras acciones y los corazones representan nuestros motivos y deseos. Limpiamos las manos y purificamos nuestros corazones por medio de la confesión y del abandono de los pecados, tanto de lo externo como de lo interno. Como pecadores necesitamos confesar las malas acciones; como doble ánimo, tenemos que confesar nuestros motivos mezclados.
Afligíos y lamentad y llorad (Vs.9); esto produce la confesión del pecado. Afligíos y lamentad y convertid el gozo en tristeza. Si Dios te visita con convicción de pecado no es momento de frivolidades, mas bien es momento de postrarnos delante de Él y de lamentarnos por nuestra pecaminosidad, impotencia, frialdad y esterilidad. Deberíamos humillarnos y llorar por nuestro materialismo, secularismo y formalismo. Demos fruto de un pecador arrepentido. Humillaos delante del Señor (Vs.10). Si tomamos con honradez el postrarnos en el polvo a sus pies, Él nos exaltará a su debido tiempo. Así es como debemos responder cuando el Señor nos expone a nosotros mismos. Pero, cuántas veces no le hacemos caso. A veces, por ejemplo, estamos en el culto y Dios nos habla fuerte al corazón. Entonces, somos motivados por el momento y nos llenamos de buenas resoluciones, pero cuando termina el culto nos dedicamos a una conversación trivial y la atmósfera del servicio cambia, se disipa el poder y queda apagado el Espíritu Santo. ¡Qué pena! Busquemos que esto no nos pase y vayamos siempre a Dios en humildad, verdad y de todo corazón. ¡Así seremos hombres y mujeres de paz! Amén.
Iglesia Cristiana Mega Zoe · Pastora Edith Cruz
