Un discípulo le ruega a Jesús que les enseñe a orar y le dice: "Señor, enséñanos a orar…". Es entonces que Jesús les enseña el modelo de orar que hoy conocemos como el Padre Nuestro. También es conocido como la Oración del Señor porque fue Él mismo quien la enseñó para que la usemos como nuestro modelo de oración. Se comienza dirigiendo la oración al Padre Nuestro del Cielo. SOLO UN DISCÍPULO DE JESÚS PUEDE HACERLA SUYA. Solo uno que ha reconocido a Jesucristo como su Salvador y Señor puede tomar en sus labios estas palabras para darles el verdadero sentido. Esa es la oración del discípulo, el Señor Jesucristo la presenta claramente. No es la oración del niño, no tiene sentido para un niño. No es la oración familiar; a menos que sea la familia de la Iglesia. Solo en los labios de un discípulo esta oración adquiere su pleno significado.
"Padre…" Cuando comenzamos con "Padre" establecemos nuestra relación con Dios en el mundo invisible. Este mundo visible es hostil donde hay sufrimientos y circunstancias de todo tipo. Pero, podemos estar seguros de que detrás de este mundo difícil hay un mundo invisible donde no hay un Dios caprichoso, celoso y burlón sino un Dios cuyo nombre es el ¡PADRE! Entonces, aunque todavía haya muchas cosas que nos parezcan oscuras todo es soportable porque detrás está ¡EL AMOR DEL PADRE! Siempre nos ayudará creer que este mundo está organizado no para nuestra comodidad sino para nuestro entrenamiento. El dolor puede parecer algo malo, pero el dolor tiene su lugar en el orden de Dios.
"Padre nuestro…" Es como decir "Mi Padre"; la oración nos lo deja ver claro. Dios no es la posesión exclusiva de ninguna persona. Él es "nuestro" Padre, "mi" Padre. Dios es Padre; esto establece nuestra relación con Él. ¡Le importamos a Él! En la infinita misericordia de Dios los discípulos del Señor somos de linaje regio, pues somos hijos del Rey de Reyes. Si creemos que Dios es Padre eso establece nuestra relación con Dios. Dios en su santidad se nos hace accesible para esta cercanía a Él.
"Que estás en los cielos…" Nos recuerda la santidad de Dios. El amor está presente para el hombre, pero la santidad también. "Santificado sea tu nombre…" Jesús encarnado llamaba a Dios "Padre" cuando estaba en el círculo de los discípulos; la razón de esto es porque ahí la palabra "Padre" es sagrada. Jesús quiere que se le dé a Dios el honor y la gloria que le pertenece. Hay que darle gloria a Dios antes de esperar recibir de Él misericordia y gracia. Procuremos primero que Él tenga la alabanza de sus perfecciones y obtengamos después los beneficios de la misma. ¡Padre, glorificamos tu nombre! Que al darnos Él tanto podamos reconocer siempre su santidad, su gran poder y ver cómo lleva nuestras vidas hacia lo mejor. Que todo lo que el Padre es y hace sea glorificado y santificado.
"Venga tu reino…" Claro está que es la doctrina que Jesús predicaba. El reino de Dios se ha acercado (Mateo 4:17). Lo primero es que reconozcamos que Él está en los cielos en su soberanía sobre el universo. ¡Que sea santificado Su nombre! ¡Adoración y honra a Aquel que es tan digno de ello! "Venga Tu reino" significa poner sus intereses sobre nuestras vidas. Seamos sumisos a su voluntad que es nuestra santificación.
"Hágase tu voluntad como en el cielo así en la tierra…" Al hacer ésta petición reconocemos que Dios sabe qué es lo mejor y que rendimos nuestra voluntad delante de Él. Es un anhelo de ver su voluntad reconocida por todo el mundo. Primero oramos para que el reino de Dios se establezca ya y ahora damos continuidad a ese pedido mediante nuestra sumisión y obediencia a todas las leyes y ordenanzas de este reino. Queremos dejarnos gobernar por Él; por eso le llamamos Rey. Debemos decirle al Padre: "Capacítame para hacer lo que te agrada; dame esa gracia que es necesaria para el recto conocimiento de tu voluntad y tenga yo una obediencia total para que no te desagrade en ninguna cosa, ni que yo sienta desagrado por ninguna cosa que Tú me hagas."
"El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy…" Después de poner primero los intereses de Dios, se nos permite presentar nuestras propias necesidades. Esta petición reconoce nuestra dependencia de Dios para el alimento diario. Pedimos pan, que es lo necesario y sano. Oramos por nuestro pan lo cual nos estimula a la honestidad y a la laboriosidad. Puede ser la ración diaria de pan o el pan necesario para el futuro inminente. Orando así dejamos ver nuestra dependencia de la provisión divina. "Dánoslo" Es decir, no solo a mí sino que también otros lo compartan conmigo. Aprendamos a no pasar un solo día sin oración así como no podemos pasarlo sin alimentos.
"Y perdónanos nuestras deudas como también nosotros perdonamos a nuestros deudores…" Perdonar al que te ofende. Si no perdonamos a otros que nos ofenden, ¿cómo se puede esperar tener comunión con su Padre que les ha perdonado libremente sus ofensas? Si oramos cada día por el pan así también Jesús nos guía a que oremos por el perdón de cada día. Igual que pedimos por el pan. Tenemos obligaciones, deberes que debemos como criaturas a nuestro Creador; no pedimos que se nos descargue de esa clase de deuda. Es que cuando esa deuda no se paga surge otra deuda que es la del castigo. Entonces, lo que pedimos al Padre es que nos perdone las deudas que merecen castigo a fin de que no solo quedemos sin esas cargas, sino que ganemos un nuevo consuelo. Nosotros perdonamos a "nuestros deudores." Cuando el Padre nos perdona así también nosotros imploramos la gracia del perdón para los que nos deben. Es nuestro deber perdonar a nuestros deudores porque un corazón que no perdona no está en condiciones de que la sangre de Jesús lo limpie de todo pecado, puesto que alberga un pecado no confesado sinceramente. Soportar, perdonar y olvidar las afrentas e injurias que se nos hacen es una necesaria cualificación moral para el perdón y la paz, pues confirma nuestra esperanza de que Dios nos ha de perdonar. ¡El hecho mismo de que Dios haya puesto en nuestro corazón la disposición a perdonar es ya una evidencia de que nos ha perdonado!
"Y no nos metas en tentación, más líbranos del mal…" Dios permite que su pueblo sea puesto en pruebas. Hay que reconocer la total dependencia en el Señor para la preservación. El original griego dice así: "Y no nos sometas a una prueba dura sino líbranos del Maligno." Dios nos libre del peligro del pecado de modo que no volvamos a cometer semejante locura.
"Porque tuyo es el reino, el poder y la gloria por todos los siglos. Amén." Este cierre de la oración constituye también una forma de alabanza y gratitud. El mejor modo de rogar a Dios es alabarle y por ahí deben comenzar y terminar nuestras plegarias, pues la oración de alabanza es la más sublime de todas. Ese es el mejor medio de obtener gracia y favores puesto que nos cualifica como ninguna otra cosa para recibirlas. Alabamos a Dios y le damos gloria no porque Él la necesite sino porque Él la merece. La alabanza es la tarea suprema más deleitosa de los habitantes del cielo y todos cuantos hayan de ir al cielo deben comenzar aquí "su cielo." Es muy conveniente que abundemos en las divinas alabanzas; un creyente espiritual nunca piensa que ya es bastante el honor que le tributa a Dios. Atribuir a Dios la gloria por todos los siglos da a entender que nos damos perfecta cuenta de que hay que glorificar a Dios eternamente, de que estamos deseando con ansias vivir por toda la eternidad y llevar a cabo esa bendita tarea con los ángeles y santos que ya disfrutan de su gloriosa presencia.
"Amén" ¡Así será! Con un "así sea" es como resumimos nuestros deseos. El "Amén" es para expresar nuestros deseos y la seguridad de que Dios nos escucha. ¡Cuán saludable es concluir nuestros deberes religiosos con calor, fervor y vigor para que nuestro espíritu salga de ellos lleno de dulzura y de ánimo para hacer grandes cosas! ¡AMÉN!
Iglesia Cristiana Mega Zoe · Pastora Edith Cruz
