Muchas veces huimos para no enfrentar lo que no nos gustaría enfrentar. La realidad es que a lo que le huimos es a enfrentarnos a nuestro yo, a nosotros mismos. El general sirio Naamán estaba enfermo de lepra. Nadie en el palacio de los sirios podía orar a Dios para que Naamán fuera sano. En Siria solo había idolatría. Pero, en Israel había un profeta de Dios muy conocedor de Dios, Eliseo el profeta. Entonces, Naamán fue a su vecino país Israel buscando al profeta para que lo sanara de su lepra. Pero, para sorpresa de Naamán, el profeta lo trató sin ningún cumplido. Eliseo no fue donde él personalmente, solo le mandó a un mensajero (2 Reyes 5: 10). Con eso, lo que buscaba Eliseo era que Namaán no se sintiera demasiado alagado. Eliseo actuó con Naamán de acuerdo a como Dios quería. El poder de Dios estaba de continuo sobre la vida de Eliseo y todos lo sabían, sin embargo en él no había ninguna vanidad u orgullo. El demostró ser un hombre totalmente de Dios, de sí mismo no había nada sino solo de Dios.
Eliseo no era vanidoso ni orgulloso aún cuando era un profeta de poder y renombre, pero cuando vemos la conducta de Naamán, vemos el orgullo manifiesto. El orgullo es uno de los peores pecados que se pueden tener. El orgullo nos hace actuar mal y casi siempre se está enojado. Lo podemos ver en Naamán. Fácilmente se enojó porque no le gustó la forma en que Eliseo lo trató, esperaba un trato exclusivo. Naamán estaba terriblemente enfermo con lepra y antes que nada era su sanidad lo que debía buscar. Pero, el orgullo es tan exigente que va más allá del cuerpo lleno de podridas llagas que se va cayendo poco a poco. El orgullo de Naamán no le dejaba ver su condición. Eliseo no quiso ir donde él, no quiso hablar con él personalmente. La palabra dada por el profeta era suficiente. Si la palabra del profeta era recibida por Naamán con fe, solo eso sería lo necesario para recibir el milagro de sanidad. Así que lo que tenía que hacer Naamán para ser sanado le fue dicho por un criado de Eliseo y eso le fue ofensivo. Quería que Eliseo viniera a él personalmente. ¡Qué orgullo! ¡En lo que tenía que pensar era en su enfermedad!
Sabemos que él era una persona importante, pero Eliseo era un hombre del Espíritu que hacía las cosas como Dios quería. Naamán tenía en su mente cómo debía ser tratado y Eliseo no hizo nada semejante a lo que él pretendía sino que hizo como Dios le indicaba. Quería Naamán que estando en pie el profeta delante de él invocara el nombre de Jehová su Dios, y que alzara su mano y tocara el lugar y sanara la lepra (2 Reyes 5: 11). Es como si Naamán dijera: "Saldrá él luego… es lo menos que puede hacer por mí, ¡una gran persona como yo!" ¡Qué gran orgullo! ¡Qué mucho nos gusta que nos reconozcan y que nos abran las puertas por lo grande que nos sentimos ser!" Pensaría, "Dirá mi nombre en su oración, porque entonces se dejará ver ¡lo grande que soy!" "¡Tocará el lugar de la lepra y así será la curación!" Al no salir las cosas como él las imaginó se puso de mal genio. Pareciera que le importaba más recibir satisfacción para su honor que recibir la curación para su enfermedad.
Si Naamán quería que el poder divino lo sanara debía someterse a la voluntad divina. ¡Qué coraje! ¡Qué apasionado por su orgullo! Según la definición, la palabra orgullo es el exceso de estimación propia y la manifestación de desprecio ajeno, es altanería y arrogancia. "Abana y Farfar, ríos de Damasco, ¿no son mejores que todas las aguas de Israel? (2 Reyes 5: 12)" Para Naamán aquellos ríos eran mejores, pero había una voluntad divina y Dios no miraba los ríos. Dios miró el orgullo de Naamán y así dirigió a Eliseo a hablar. Naamán se fue con su coraje muy airado, salió con la intención de que nunca más tendría que ver nada con el profeta. Pensemos, ¿quién era el que iba a perder?
Sus siervos le dieron un consejo (2 Reyes 5: 13). Los criados de Naamán pudieron ver que era mejor bajar la cabeza y así podría conquistar más. Él era el amo de aquellos hombres y les exigía como tal, pero los criados le hicieron entender lo correcto por lo propio del servicio al que se dedicaban. Naamán no podía entender lo que era obedecer a otros. A ese orgullo le hablaron los criados: "Si el profeta te mandara alguna gran cosa; algo muy difícil, como por ejemplo, que tuviese que darse tratamiento por años, ¿no lo harías?" Sin duda lo haría. Pero, solo le ordenó, "Lávate y serás limpio." La humildad de aquellos siervos le hizo razonar ante tal enojo. Si aquellos criados hubiesen seguido el pensamiento de orgullo de Naamán iban a querer vengarse del profeta. Entonces, les podía pasar como a los jóvenes que le gritaron calvo a Eliseo y murieron. (2 Reyes 2: 23-25)
Naamán quedó limpio cuando bajó su orgullo, cuando dejó el enojo y cayó en tiempo. Así con humildad conoció a Dios. "Ahora conozco que no hay Dios en toda la tierra sino en Israel (2 Reyes 5: 15)". Había un Eliseo que dejó conocer a un Dios de poder conquistando el corazón de aquel hombre haciéndole bien. Él conoció en sí mismo el milagro de sanidad. Las enfermedades de Naamán eran el orgullo y la lepra. Necesitaba ser sanado de las dos enfermedades. Naamán debía descender del carro del orgullo y después lavarse de acuerdo al modo que le fue prescrito. Aprendamos nosotros de esto y aseguremos nuestro corazón delante de Dios. Amén.
Iglesia Cristiana Mega Zoe · Pastora Edith Cruz
Enfermo Del Orgullo Y De La Lepra
2 Reyes 5:9-25
“El entonces descendió, y se zambulló siete veces en el Jordán, conforme a la palabra del varón de Dios; y su carne se volvió como la carne de un niño, y quedó limpio.”
Naamán tenía dos enfermedades: la lepra y el orgullo. El orgullo no le dejaba ver su condición, y le importaba más su honor que su sanidad. Quedó limpio cuando bajó del carro del orgullo y obedeció la palabra de Dios. Estos son los puntos para la semana.
- Muchas veces huimos de enfrentar lo que no nos gusta, y a lo que en realidad le huimos es a enfrentarnos a nuestro propio yo. Naamán tuvo que enfrentarse al suyo.
- Eliseo tenía poder y renombre, pero en él no había vanidad ni orgullo. No salió a recibir al general: le mandó un mensajero, porque actuaba como Dios quería y no para agradar.
- El orgullo es uno de los peores pecados: nos hace actuar mal y casi siempre anda enojado. Naamán se enojó porque esperaba un trato exclusivo, cuando en lo que tenía que pensar era en su enfermedad.
- Orgullo es el exceso de estimación propia y el desprecio de los demás. Naamán despreció el Jordán por los ríos de Damasco, pero Dios no miraba los ríos: miraba su orgullo.
- La humildad de sus criados lo hizo razonar: si el profeta le hubiera mandado algo difícil, lo habría hecho; ¿cuánto más si solo le dijo «lávate, y serás limpio»? Bajar la cabeza conquista más.
- Naamán quedó limpio cuando bajó su orgullo y dejó el enojo, y así, con humildad, conoció a Dios: «He aquí ahora conozco que no hay Dios en toda la tierra, sino en Israel».
- Naamán tenía que descender primero del carro del orgullo y después lavarse de acuerdo al modo que le fue mandado. Aprendamos de esto y aseguremos nuestro corazón delante de Dios.
Cuando esta semana te moleste cómo te trataron o cómo te corrigieron, no te vayas enojado como Naamán: baja la cabeza y haz lo que es correcto.
Iglesia Cristiana Mega Zoé · Pastora Edermira Cruz
Siete Zambullidas en el Jordán
2 Reyes 5:9-25
Para leer en voz alta con los niños
“El entonces descendió, y se zambulló siete veces en el Jordán, conforme a la palabra del varón de Dios; y su carne se volvió como la carne de un niño, y quedó limpio.”
Así lo dice la Biblia. En palabras sencillas: Naamán se metió siete veces en el río, como Dios le mandó, y su piel quedó sana como la de un niño. Pero antes tuvo que curarse de otra enfermedad: el orgullo, que lo tenía bravo.
- Naamán era un general importante, pero tenía lepra, una enfermedad terrible de la piel. Viajó a Israel buscando al profeta Eliseo para que Dios lo sanara.
- Eliseo no salió a saludarlo. Le mandó un mensajero a decirle: «Ve y lávate siete veces en el río Jordán». Naamán se puso furioso porque quería un trato especial.
- Eso es el orgullo: creerse más importante que los demás. El orgullo pone a la gente de mal genio y no la deja ver lo que de verdad necesita.
- Naamán dijo que los ríos de su país eran mejores. Pero Dios no estaba mirando los ríos: estaba mirando el orgullo en su corazón.
- Sus criados le hablaron con humildad: «Si te hubiera pedido algo difícil, lo harías. ¿Por qué no hacer algo tan fácil?». Naamán les hizo caso.
- Cuando bajó el orgullo y obedeció, quedó sano y conoció al Dios verdadero. Si te enojas porque no te trataron como querías, el que pierde eres tú.
¿Alguna vez te enojaste porque no te trataron como tú querías?
Esta semana, cuando te corrijan en casa, no pongas mala cara: obedece a la primera.
Iglesia Cristiana Mega Zoé · Pastora Edermira Cruz
